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Cultura

Nicolás Larraín: «Emprender es aprender a corregir en público»

El comunicador y emprendedor habla de experimentar, formar equipos y convertir los errores en aprendizaje.

Por · 30 de July de 2026
Retrato editorial de Nicolás Larraín

Nicolás Larraín pertenece a una generación de comunicadores chilenos que aprendió a desenvolverse en un escenario donde la radio, la televisión y la conversación pública se cruzan de manera constante. Su trayectoria lo vinculó especialmente con espacios de humor, análisis y actualidad, entre ellos Caiga quien caiga (CQC), programa que marcó una etapa importante de la televisión chilena.

En esta entrevista editorial, el punto de partida es una idea sencilla, pero exigente: emprender no consiste únicamente en iniciar un proyecto. También implica escuchar, modificar decisiones, asumir los errores y entender que la responsabilidad aumenta cuando las ideas alcanzan a otras personas.

Emprender como una práctica de aprendizaje

Para Larraín, emprender puede entenderse como una forma de aprender haciendo. El plan inicial importa, pero no puede convertirse en una estructura rígida. Los proyectos se desarrollan en contextos cambiantes, con información incompleta y con equipos que deben responder a situaciones que no siempre estaban previstas.

Desde esa perspectiva, corregir no equivale a abandonar una convicción. Significa distinguir entre el propósito que se quiere cuidar y las herramientas que deben cambiar. Una idea puede conservar su sentido mientras se transforma la manera de comunicarla, organizarla o llevarla a la práctica.

El aprendizaje también exige revisar las propias certezas. En comunicación, una respuesta rápida puede tener consecuencias duraderas. Por eso, la experiencia no se limita a acumular años: consiste en observar los resultados, reconocer los desaciertos y convertirlos en criterios para la siguiente decisión.

La comunicación como responsabilidad

La conversación pública tiene una particularidad: una frase puede separarse de su contexto y circular mucho más allá del momento en que fue pronunciada. Para quienes trabajan frente a una cámara, un micrófono o una audiencia digital, comunicar implica considerar no solo lo que se quiere decir, sino también cómo puede ser recibido.

En ese escenario, la transparencia no consiste en hablar sin filtros. Consiste en explicar las decisiones, reconocer los límites de la información disponible y evitar presentar como certeza aquello que todavía es una hipótesis. La comunicación responsable requiere precisión, escucha y disposición a rectificar cuando aparecen nuevos antecedentes.

Corregir frente a otros puede ser incómodo, pero también demuestra que el aprendizaje no termina cuando una opinión llega al público.

Creatividad con propósito

La creatividad suele asociarse con la novedad, aunque una propuesta diferente no siempre es una propuesta relevante. La innovación adquiere sentido cuando responde a una necesidad concreta, mejora una experiencia o abre una conversación que antes no encontraba espacio.

En el trabajo comunicacional, crear también supone ordenar. Una idea puede ser original, pero necesita una estructura que permita comprenderla. El tono, el ritmo, el lenguaje y la elección del formato son parte del contenido, no elementos secundarios. Cuando esas decisiones están alineadas con un propósito claro, la creatividad deja de ser un adorno y se convierte en una herramienta.

La innovación con propósito exige, además, evaluar sus efectos. No basta con preguntar si algo llama la atención. También es necesario preguntarse qué conversación produce, a quién incluye, a quién deja fuera y qué tipo de comportamiento puede estimular.

Construir equipos que puedan disentir

Ningún proyecto depende exclusivamente de la persona que lo inicia. Los equipos aportan conocimientos, experiencias y puntos de vista diferentes. Para que esa diversidad sea útil, debe existir un ambiente donde las discrepancias puedan expresarse sin convertirse en ataques personales.

Escuchar una crítica no significa aceptarla automáticamente. Significa permitir que la propuesta sea examinada antes de tomar una decisión. En ese proceso, el liderazgo se relaciona menos con tener siempre la última palabra y más con establecer un marco de trabajo en el que las responsabilidades sean claras.

  • Definir un propósito comprensible para todas las personas del equipo.
  • Separar la crítica a una idea de la valoración de quien la propone.
  • Registrar las decisiones importantes y sus razones.
  • Revisar los resultados sin buscar culpables como primera respuesta.
  • Reconocer públicamente los aportes y asumir la responsabilidad por las decisiones propias.

Esta forma de trabajo requiere confianza, pero la confianza no aparece por decreto. Se construye cuando existe coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, cuando los errores se abordan con seriedad y cuando las personas saben que pueden plantear dudas antes de que un problema se vuelva mayor.

Aprender del error sin convertirlo en espectáculo

Reconocer un error en público puede transformarse fácilmente en una escena. Sin embargo, la corrección pierde valor cuando se utiliza únicamente para proteger la imagen personal. Una disculpa responsable debe identificar qué ocurrió, reconocer a quién pudo afectar y explicar qué cambiará a partir de ese momento.

También es importante diferenciar entre un error de información, una mala decisión y una diferencia legítima de criterio. No todas las situaciones se resuelven de la misma manera. La honestidad exige nombrar el problema con precisión, sin exagerarlo y sin minimizarlo.

En una época de exposición permanente, la posibilidad de corregir es parte de la vida pública. El desafío consiste en no confundir visibilidad con transparencia. Mostrar un proceso no significa revelar cada aspecto de la vida privada, sino hacerse cargo de aquello que efectivamente se puso en circulación.

Una mirada sobre el presente

La experiencia de Larraín permite observar cómo han cambiado los espacios de comunicación en Chile. La conversación ya no ocurre solamente en programas de radio o televisión: también se desarrolla en plataformas digitales, redes sociales y comunidades que comentan los contenidos en tiempo real.

Ese cambio amplía las posibilidades de participación, pero también acelera las reacciones y reduce, en ocasiones, el tiempo disponible para verificar, contextualizar y pensar. Frente a esa velocidad, la creatividad necesita convivir con el criterio, y la espontaneidad con la responsabilidad.

El desafío para cualquier figura pública es mantener una voz reconocible sin quedar atrapada en una fórmula. La trayectoria puede entregar herramientas, pero no reemplaza la capacidad de volver a mirar el entorno. Cada época plantea preguntas distintas y obliga a revisar las maneras de conversar con las audiencias.

La conversación que queda abierta

Las ideas abordadas en esta entrevista editorial apuntan a una conclusión: emprender, comunicar y liderar son actividades estrechamente relacionadas con la disposición a aprender. La experiencia no elimina los errores, pero puede ayudar a reconocerlos antes, explicarlos mejor y evitar que se repitan.

Corregir frente a otros exige humildad, pero también método. Implica revisar los hechos, escuchar a quienes fueron afectados y convertir la rectificación en una práctica concreta. En ese sentido, la responsabilidad pública no es una carga separada de la creatividad: es la condición que permite que una idea pueda sostenerse en el tiempo.

La conversación con Nicolás Larraín deja una pregunta para quienes crean proyectos, conducen equipos o participan del debate público: ¿qué estamos dispuestos a cambiar para cuidar mejor aquello que decimos defender?

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